Los biocombustibles han surgido en los últimos años como una alternativa “limpia” y viable para remplazar los combustibles fósiles, los cuales son costosos, escasos, contaminantes y su aprovechamiento depende de las políticas energéticas de los países productores.
Los líderes en la producción de biocombustibles son Estados Unidos y Brasil, y las metas de producción a nivel internacional se expanden con velocidad. El máximo exponente de este crecimiento es el etanol, obtenido a partir de la destilación del azúcar de vegetales como el maíz y la caña, cuya producción a nivel global se ha incrementado cada año en aproximadamente 12% desde el 2000.
Si bien es cierto que hoy el etanol está muy lejos de ser una solución contundente para mitigar la importación de gasolina, también es verdad que si se piensa en el futuro energético podría convertirse en un combustible útil y estratégico para enfrentar el agotamiento del petróleo que se avecina.
Sin embargo, a pesar de sus muchas ventajas, la producción de este biocombustible incurre en una serie de riesgos cuya magnitud aún no se conoce con exactitud. Así pues, aunque reduce la emisión de gases que causan el efecto invernadero, el proceso de refinación que se utiliza para producir esta energía genera contaminación. Así mismo, la quema de bosques para crear nuevas zonas de cultivo implica grandes emisiones de carbono, potencializando la contaminación y generando altos desequilibrios ambientales.
Así mismo, se alega que sustituir tierras destinadas al cultivo para producir etanol genera dependencia en importación de grano, desabasto, incrementos por transporte y con todo ello, inflación y mayor pobreza. Como afirmó la FAO el año pasado, “la desnutrición mundial ha alcanzado a más de 1,020 millones de personas”.
Un análisis objetivo arroja que la causa de estos problemas va mucho más allá de los biocombustibles, pues según cifras del 2008 sólo 4% del cultivo de grano se destina a su producción, abarcando cerca del 0.5% de las tierras a nivel global. Sin embargo, el problema podría ser fatal “si la tendencia de crecimiento continúa.” (Hunt, Suzanne, 2008)
Nuestro país incurrió en el error de explotar los hidrocarburos irresponsablemente cuando se descubrió su potencialidad de riqueza, a finales de los 70’s y durante la década siguiente. Ahora, al surgir nuevas alternativas, es urgente que las políticas energéticas se dirijan hacia la sustentabilidad como un elemento clave para combatir el hambre y la contaminación, logrando el objetivo de proporcionar una mejor calidad de vida a la población.