Seis y media de la tarde y apenas guardando mis cosas, genial. Todavía tengo que atravesar todo el piso (papel, jabón y llaves en mano) para pasar al baño hostil de la Coordinación –porque cierran la puerta para que nadie entre, porque se roban los implementos y simplemente porque es horrendo- antes de dejar la oficina, estupendo.
Este día, como todos, estuvo casi muerto. Salvo las tres horas y media que el jefe hizo acto de presencia, poniéndome los pelos de punta y activando cada uno de mis sentidos al máximo, mientras me puso a corre del tingo al tango, haciéndome cambiarle pendejadas a documentos idiotas y obligándome a fingir que tiene la razón, especialmente cuando me dice inútil, de manera sutil o con todas las letras.
Fue un día muerto como todos y salgo tarde como siempre.
Me despido de los polis y enfrento una estresante disyuntiva entre rodear la avenida, cruzar por el puente elevado y esperar el camión (que tal vez nunca llegue porque, remierda, ya es tarde) o tomar el Metro, mientras recorro a paso de tortuga artrítica la calle de San Antonio Abad, entre vendedores ambulantes, tiendas de calzones al mayoreo y la tradicional horda de viejitos (o quizás no viejitos, solo jóvenes obesos) que por alguna razón nunca tiene la menor prisa. Por motivos no menos enigmáticos, yo siempre la tengo.
Creo que es la conciencia de vivir en la ciudad, el ruido de los claxon y la actividad comercial, el pulsar de los murmullos… Y me decido por el camión, porque me gusta leer en el camino, mientras admiro el paisaje detenida por el tráfico, y me deja a escasos veinte metros de mi casa.
Ideal, ¿no?
NO. Después de cuarenta minutos echando bola el camión no pasa, salvo dos ocasiones en que los choferes me confirmaron, tedio por delante, que ya no harían ruta a esa hora. Ok, entonces el Metro, que viéndole el lado amable implica un ahorro de dos pesos.
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Saco apresuradamente de mi bolsa un boleto, en unos cuantos segundos que me parecen una eternidad, porque una fila de personas espera, ahora si impaciente a que me decida a pasar. Y paso y fluyo, en dirección Cuatro Caminos, entre codazos y pérdidas de equilibrio.
Pierdo los dos pesos mentados cuando le compro una utilísima tablita de matemáticas por solo cinco a un ciego (nunca me puedo resistir), ya vamos en menos tres. Luego veo cómo lo acarrean, junto con otro grupo de invidentes dentro del cual, puedo asegurar, al menos la mitad ve.
Una mafia como todas. La gente carece de solidaridad, de empatía, y lo confirmo mientras me bajo del tren para transbordar en Tacuba. Todos se amontonan para acomodarse primero en las escaleras eléctricas. Se escucha un zumbido, palpita la ciudad, pero por unos segundos la agitada masa se detiene en las escaleras, que en paralelo suben y bajan, y al fondo otras tantas pasan corriendo por un corredor (valga la redundancia) en busca de quién sabe qué promesa.
Todos aglomerados, pero todos solos, salvo un par de tórtolos que bajan muy abrazados delante de mí. Y en medio de toda esa escalera de prisas se escucha una vocecita débil pero constante, que sabe que tiene todas las de perder “ayuda para la Cruz Roja, ayuda para la Cruz Roja”.
“Qué poca abuela, nadie ayuda” pienso mientras toco piso y giro a la derecha, alejándome de ese hormiguero sin cooperar a mi vez. Pienso “Bien por ella” y ese pensamiento perdura aun meses después. Tarde, como siempre, pienso que todos debíamos poner nuestro granito de arena.